Si uno busca la palabra ocio en el diccionario, encontrará que tiene una doble significación. La negativa que designa el tiempo ajeno al horario del trabajo, o la positiva, con la que se refiere a las actividades emprendidas en este período extralaboral. Múltiples y variadas son las actividades que pueden considerarse como ocio: quedarse atrapado entre los cojines del sofá y los rayos catódicos del televisor, desinhibición moral en locales nocturnos, enclaustrarse para sudar conjuntamente mediante mecanismos estilizados, insultar a gritos a un hombre vestido de negro mientras éste ve como 22 personas juegan a fútbol, etc.
Suele llamarse a estas actividades de ocio como rituales de descarga. Son rituales porqué exigen una doble condición: la repetición y el ajuste a reglas procedimentales. A la vez, se dice de estos rituales que descargan porqué ayudan a soportar el cansancio y tedio del trabajo.
Hasta aquí es de suponer que no haya problema en aceptarlo, pero querría hacer una observación. ¿Qué es lo que nos molesta del trabajo? ¿La repetición de acciones? ¿Lo rutinario? ¿La falta de sorpresa? Esto tendemos a afirmar de modo casi mecánico, dando la impresión de que la aventura es el opuesto del trabajo. Pero si contra el asco laboral lidiamos con rituales de descarga ¿no significa que afrontamos el trabajo con más trabajo? Podemos aceptar que la aventura no es lo opuesto a la rutina, pero entonces que tiene de especial la actividad del ocio que la preferimos a la del trabajo? O en negativo ¿qué es lo que detestamos de trabajar, si reconocemos que no es lo rutinario?
Pudiera decirse que los rituales de descarga, en frente del trabajo proporcionan al agente placer. Pudiera también decirse que mediante este placer, el agente olvida el dolor y la angustia que el régimen del lugar del trabajo le genera. Aparece una diabólica dialéctica aquí. Pues si el placer del ocio sirve como compensación al trabajo, pasa después a ser uno de los motivos que nos impulsan a trabajar. Necesitamos ganar dinero para poder garantizarnos estos pequeños rituales de descarga. Lo que antes era un medio se convierte ahora en fin. Los rituales de descarga son pues también rituales de inicicación o de sujeción.
Sigamos anotando una segunda diferencia del ocio respeto al trabajo.
Podemos aceptar que la rutina no es la causa del malestar en el trabajo, puesto que los rituales de descarga también se basan en ellos y, sin embargo, dan placer. Entonces podemos ensayar una segunda explicación a la pregunta sobre qué es lo que diferencia el ocio del trabajo. Podría ser que lo que hace realmente desagradable trabajar es el hecho que el resultado de la acción no repercute directamente en la vida del ejecutor, sino de modo mediado -o alienado- en forma de salario. Esta es una respuesta de tipo marxista con bata de boatiné que pondría la alienación como criterio diferencial entre trabajo y ocio. Una crítica más actual diría que pensar el ocio como trabajo es ya fruto de la victoria del capitalismo, pues la lógica económica de la productividad penetra en todos los recovecos de la cotidianidad. En nuestro tiempo libre, seguimos alimentado el hambre del mercado. Un ocio encarado al consumo no es más que la victoria final del capitalismo.
Visto así lo más revolucionario es hacer el vago. Pero si la gandulería quiere ser realmente anti-sistema no tendría que limitarse al tiempo de ocio, sino penetrar de lleno todos los ámbitos de la vida. De este modo, podemos ver al escribiente Bartleby de Mellville como un pionero revolucionario. Alguien que se niega a que su vida se subordine a la lógica del provecho y esto, de modo tan radical, que sólo puede ser un auténtico acto de subversión, aquél que sea absolutamente inútil.
La tragedia de la revolución poscapitalista reside en que es efectiva en la medida que garantiza su propia inocuidad.
sábado, 6 de diciembre de 2008
martes, 30 de septiembre de 2008
Turismo o la mistificación de lo ordinario.
Tengo que confesarlo. No me gusta viajar y no comprendo a los amantes de tan aborrecible mata-tiempos. Creo que los dos argumentos básicos en que se sustenta esta aborregada práctica son falaces: ni se descansa ni se aprende nada. Viajando uno no descansa ni se relaja pues tiene que lidiar constantemente con la incomodidad de estar fuera de la protección atávica del hogar. Pocas mudas suficientes, ningún servicio dónde “reflexionar” en privado y todos los rituales cotidianos pasan a ser supervisados por agentes extraños. Por otro lado, sospecho que nadie aprende un carajo. Lo único que uno se encuentra fuera de sus territorio son ciudades modernas con distintos toques regionales o tribus locales que recuerdan a nuestros pueblos más aislados de las capitales: lanzas en el lugar de las boinas y los sacrificios en el del dominó. Creo que lo que hace de un viaje “edificante” es la mirada del turista, que mediante un efecto de extrañamiento se dirige a su alrededor con mirada inquisitiva. No le queda más remedio, ha pagado para pasarse una semana en aquél sitio, así que más le vale encontrar algo que le divierta si quiere aprovechar su inversión. Quién sabe si no sería más interesante aplicar la mirada del turista a nuestra realidad más inmediata y usual. El viaje tiene cierto carácter de parque temático y rara vez, creo, se aprende algo verdadero en este tipo de actividad borreguil.
Sólo un viajero auténtico puede ser atrapado por un chorro de misterio, pero hay que ser especialmente sensible para captar la sutilidad con que la realidad se torna mágica. Esto me recuerda una anécdota que se sitúa en uno de mis pocos viajes.
Erraba yo por las calles de Estambul, perdido entre las brechas de esta inmensa megalópolis, intentando desesperadamente encontrar el camino de vuelta al hotel. Había caminado largo tiempo y estaba hambriento. El azar quiso que merodeando en un mercado en busca de pescado, encontrase una tienda que me llamó la atención. Más concretamente, era un hombre que exponía unos horrendos cojines encima de una mesa. Lo realmente sorprendente, a parte de la sistemática falta de gusto, era un cartelito que, con una grafía improvisada, titulaba los productos del puesto como “Magic pillows”. Pregunté al tendero en mi modesto inglés por este supuesto carácter sobrenatural de los cojines. Él me respondió que todas poseían propiedades extraordinarias, aunque el poder de cada una era especial. Una permitía tele transportarse, otra volar, una daba al usuario la capacidad de oler a naranja durante doce horas y otras garantizaban un control total de los sueños a aquél que depositara su cabeza, etc. Sólo había dos condiciones para la compra.
El comprador tenía que elegir el cojín sin saber qué extraño poder conllevaba ni como se activaría éste. Según el vendedor, los modos de activación de los poderes eran variados: podían necesitar el contacto con el agua, ser utilizado durante más de una hora seguida, tocar un pie, saltar siete veces sobre ella a pata coja durante una hora de sábado por la tarde. En definitiva, que uno podía pasarse meses sin saber que oscura habilidad ocultaba su cojín.
No pude resistirme, así que elegí el menos feo y lo llevé a mi hogar. Han pasado ya varios años y pese haber probado una gran variedad de combinaciones, mi cojín no mostró ninguna habilidad. Pasé largo tiempo pensando que había sido estafado, pero después de profundas cavilaciones entendí que esta sospecha era falsa. La habilidad de mi cojín, lo que le hace especial respecto a los otros, es precisamente el no tener poderes sobrenaturales. Tuve suerte y elegí el único que puede ser usado sólo como un colchón ordinario.
Sólo un viajero auténtico puede ser atrapado por un chorro de misterio, pero hay que ser especialmente sensible para captar la sutilidad con que la realidad se torna mágica. Esto me recuerda una anécdota que se sitúa en uno de mis pocos viajes.
Erraba yo por las calles de Estambul, perdido entre las brechas de esta inmensa megalópolis, intentando desesperadamente encontrar el camino de vuelta al hotel. Había caminado largo tiempo y estaba hambriento. El azar quiso que merodeando en un mercado en busca de pescado, encontrase una tienda que me llamó la atención. Más concretamente, era un hombre que exponía unos horrendos cojines encima de una mesa. Lo realmente sorprendente, a parte de la sistemática falta de gusto, era un cartelito que, con una grafía improvisada, titulaba los productos del puesto como “Magic pillows”. Pregunté al tendero en mi modesto inglés por este supuesto carácter sobrenatural de los cojines. Él me respondió que todas poseían propiedades extraordinarias, aunque el poder de cada una era especial. Una permitía tele transportarse, otra volar, una daba al usuario la capacidad de oler a naranja durante doce horas y otras garantizaban un control total de los sueños a aquél que depositara su cabeza, etc. Sólo había dos condiciones para la compra.
El comprador tenía que elegir el cojín sin saber qué extraño poder conllevaba ni como se activaría éste. Según el vendedor, los modos de activación de los poderes eran variados: podían necesitar el contacto con el agua, ser utilizado durante más de una hora seguida, tocar un pie, saltar siete veces sobre ella a pata coja durante una hora de sábado por la tarde. En definitiva, que uno podía pasarse meses sin saber que oscura habilidad ocultaba su cojín.
No pude resistirme, así que elegí el menos feo y lo llevé a mi hogar. Han pasado ya varios años y pese haber probado una gran variedad de combinaciones, mi cojín no mostró ninguna habilidad. Pasé largo tiempo pensando que había sido estafado, pero después de profundas cavilaciones entendí que esta sospecha era falsa. La habilidad de mi cojín, lo que le hace especial respecto a los otros, es precisamente el no tener poderes sobrenaturales. Tuve suerte y elegí el único que puede ser usado sólo como un colchón ordinario.
jueves, 7 de agosto de 2008
Sobre libertad y apatía...
“Lo único que garantiza el esfuerzo es el cansancio. Éxito y fracaso son meras contingencias”
“No hagas hoy, lo que puedes hacer mañana. Pues no es urgente lo que es prorrogable”
“La publicidad sueña con un mundo sin libertad”
“Los cobardes defienden que el movimiento del mundo se rige por la más estricta necesidad. Los valientes asumen que viven en manos del azar. Y los inteligentes no abordan estas cuestiones”.
(…)
“No hagas hoy, lo que puedes hacer mañana. Pues no es urgente lo que es prorrogable”
“La publicidad sueña con un mundo sin libertad”
“Los cobardes defienden que el movimiento del mundo se rige por la más estricta necesidad. Los valientes asumen que viven en manos del azar. Y los inteligentes no abordan estas cuestiones”.
(…)
jueves, 24 de julio de 2008
Post sobre el humanismo
El otro día topé con un comentario que me hizo cavilar. En un programa sobre literatura, un entrevistador alababa "el excelente humanismo del invitado". Este atributo me inquietó. En el modo en que lo utilizaba se daba a entender que el invitado era una persona que poseía gran cultura porqué amaba al ser humano. Parecía así que nos encontrábamos ante un filántropo con todas las de la ley. Pero éste no es realmente el caso.
El humanista es aquél que ama al ser humano. Esto poca gente lo discutirá, lo que no esta tan claro es el concepto de ser humano al que el neologismo “humanista” refiere. El ser humano en que piensan estos discursos es ni más ni menos que un hombre perfecto, con gran sensibilidad, estudios e impecable moralidad. Un humanista es un ser humano entrenado que niega su carácter de ser deseante.
Si aceptamos esta definición me atrevería a afirmar que no hay ningún humanista real, puesto que esta definición se sustenta en una imagen utópica y muy restringida del hombre.
Un humanista niega o minusvalora aquellos momentos miserables que quedan sumergidos en lo profundo de la conciencia. Emociones inconfesables con las que lidiamos cotidianamente: el odio extremo que nos despiertan ciertos personajes, envidia mal sana ante la suerte del amigo, sueños infantiles donde somos deseados por todo el mundo, situaciones sociales ficticias donde damos muestras de un poder abrasador…. En el interior de la vida emotiva de todo humano afloran y son negados estos sentimientos miserables a favor de un código moral.
La moralidad no es nada más que la internalización de una ley social muy útil para la convivencia y el orden. Quien actúa moralmente reprime las bajas pasiones que inevitablemente conforman su ser. Esto no es malo, pero es falso pensar que por ser moral uno deja de tener una dimensión ruin.
El sustrato miserable del hombre es lo que niega el concepto de ser humano. El humanista desea que estas pequeñas mezquindades sean totalmente erradicadas. Como un autentico fascista, el humanista quiere encauzar a todos los hombres en el patrón del ser humano. El humanismo es un sueño dónde todo el mundo sabe latín, reprime sus impulsos componiendo sonetos, a la vez que es crítico artístico y un competente conocedor de la teoría de las supercuerdas.
Ante el desprecio por estas altas cuestiones de la muchedumbre, la vanidad del humanista se irrita en extremo pues supone una elevada pérdida de fans potenciales. Ante la concupiscencia y atolondramiento de la masa, el humanista actúa con condescendencia que es, ni más ni menos, que el odio sádico de un espíritu refinado. Por eso sería apropiado decir que la misantropía es la otra cara de la moneda del humanismo.
El humanista es aquél que ama al ser humano. Esto poca gente lo discutirá, lo que no esta tan claro es el concepto de ser humano al que el neologismo “humanista” refiere. El ser humano en que piensan estos discursos es ni más ni menos que un hombre perfecto, con gran sensibilidad, estudios e impecable moralidad. Un humanista es un ser humano entrenado que niega su carácter de ser deseante.
Si aceptamos esta definición me atrevería a afirmar que no hay ningún humanista real, puesto que esta definición se sustenta en una imagen utópica y muy restringida del hombre.
Un humanista niega o minusvalora aquellos momentos miserables que quedan sumergidos en lo profundo de la conciencia. Emociones inconfesables con las que lidiamos cotidianamente: el odio extremo que nos despiertan ciertos personajes, envidia mal sana ante la suerte del amigo, sueños infantiles donde somos deseados por todo el mundo, situaciones sociales ficticias donde damos muestras de un poder abrasador…. En el interior de la vida emotiva de todo humano afloran y son negados estos sentimientos miserables a favor de un código moral.
La moralidad no es nada más que la internalización de una ley social muy útil para la convivencia y el orden. Quien actúa moralmente reprime las bajas pasiones que inevitablemente conforman su ser. Esto no es malo, pero es falso pensar que por ser moral uno deja de tener una dimensión ruin.
El sustrato miserable del hombre es lo que niega el concepto de ser humano. El humanista desea que estas pequeñas mezquindades sean totalmente erradicadas. Como un autentico fascista, el humanista quiere encauzar a todos los hombres en el patrón del ser humano. El humanismo es un sueño dónde todo el mundo sabe latín, reprime sus impulsos componiendo sonetos, a la vez que es crítico artístico y un competente conocedor de la teoría de las supercuerdas.
Ante el desprecio por estas altas cuestiones de la muchedumbre, la vanidad del humanista se irrita en extremo pues supone una elevada pérdida de fans potenciales. Ante la concupiscencia y atolondramiento de la masa, el humanista actúa con condescendencia que es, ni más ni menos, que el odio sádico de un espíritu refinado. Por eso sería apropiado decir que la misantropía es la otra cara de la moneda del humanismo.
martes, 8 de julio de 2008
El sueño
Tengo un sueño recurrente desde hace tiempo. Suele venir cuando como sardinas con escabeche para cenar. Me pregunto, sin embargo, si tiene algún significado concreto, a parte de ser índice de una mala dieta alimenticia.
En el sueño vuelvo a estar en el antártico. Tengo mi fabulosa máquina de escribir y cinco hojas en un blanco virgen. Me apetece escribir sobre algo, pero no sé qué. Oteo el horizonte y contemplo como una magnífica aurora boreal regala a mis ojos su maravillosa danza cromática.
Empiezo a escribir. Más bien a describir, “rectángulo imperfecto formado por una amalgama de rojos violáceos con esferas brillantes atravesados por uniformes líneas paralelas amarillas…”. Cuando llevo un rato, paro, lo leo y me desagrada profundamente. Es un mero intento de traducir a palabras la información de mi vista. Pero la belleza es algo más que un mera disposición de figuras y colores. Arranco la hoja y la tiro al agua. Lo bello aparece cuando una determinada disposición de un objeto suscita en mi ser una reacción.
Vuelvo a mirar la aurora y repico las teclas de la máquina con mis aletas: “El movimiento incesante de color ante mis ojos, me produce la certeza de la imposibilidad de retener este momento. Soy pequeño ante la majestuosidad de este fenómeno que existe indiferente a mi. Nuevos colores aparecen en el ondear del cielo, colores que nunca había visto antes y que nunca más probablemente, volveré a ver. Al sentimiento de pequeñez le acompaña un extraño sentimiento de dicha ante la idea de ser especial por poder apreciar la majestuosidad de este momento. Hay algo dentro de mi, que tienen su origen en el estómago y quiere expandirse, pero se encuentra con los limites de mi piel, una pequeña lágrima se escapa furtiva, mejilla abajo…”. Pura basura. Otra hoja al agua.
En esta descripción he dejado de lado a la aurora boreal para hablar de mi. La belleza es una comunión entre el espectador y la cosa que dice algo sobre el mundo. No un mero juego de masturbación visual.
Repito el proceso: contemplación del espectáculo natural i repique de teclas. “En las múltiples formas que este leviatán coloreado emprende puedo ver un gigante comiéndose peces, ahora como el gigante se transforma en un gran águila y un coche. Placer indiscutible en encontrar significaciones en el lento transformarse de las figuras. Como si de un astuto detective se tratase, encuentro los motivos ocultos, la esquiva necesidad de este deambular aparentemente –y sólo aparentemente- errático espectáculo”….¡Aaaaaaargh! ¡Al agua hoja! Estoy aprovechando los impulsos de la imaginación que la contemplación de la aurora me produce. Pero he caído en otro juego narcisista, dónde prescindo de hablar de lo irreductiblemente especial que es este fenómeno. Tampoco puedo hablar de este fenómeno sin ponerlo en relación con otras manifestaciones artísticas y contando que ofrece de nuevo éste…. A escribir: Como si el color de los cuadros de Rotko se fueran transformando en múltiples entes diferentes hasta convertirse en una amalgama de líneas y formas a estilo de Pollock. En esta transformación cinética se esconden potencialmente infinitas figuras mostrando aquel momento donde la impresión anhela expresivamente reconciliarse con su función figurativa….” ¡La madrequemeparió! Sigo sin entender lo que he escrito a pesar de haberla leído seis veces! En ningún momento he hablado del a fenómeno….es solo un ridículo ejercicio vanidoso de arrogancia cultural. Parezco un lamentable crítico intentado mostrar gratuitamente mis cotas de erudición.
Cuatro hojas flotan apaciblemente en el agua, sólo me queda una y ya no sé que decir. Tengo que ir con cuidado o….. De repente un gran brillo proveniente de mi espalda se apodera de todo mi alrededor. La luz de la aurora a aumentado. Hace calor y empieza a derretirse el hielo. Hace rato que este proceso había empezado, pero mis elucubraciones me convirtieron en ciego…… La máquina de escribir y la última hoja huyen con una placa de hielo flotante…. Nado rápidisimo. Tengo que escribir. Alcanzo la embarcación natural, preparo los dedos, miro por ultima vez la aurora boreal pero antes de poder escribir nada el hielo se funde por completo y yo y la máquina de escribir nos sumergimos. Intento agarrarla, para evitar que se pierda en la profundidad y lucho en vano para sujetarla. De repente me doy cuenta de lo inútil del esfuerzo: no puedo nadar, aguantarla y escribir al mismo tiempo. Además ya no hay nada sobre lo que escribir: sólo la oscuridad de un océano infinito. Una estratificación de transparencias percibida como una simple negrura.
Este sueño, como ya he dicho se repite a menudo. No consigo entenderlo. ¿Qué significa? ¿Es muestra de mi incapacidad para corresponder racionalmente a los hechos? o ¿una simple treta de la realidad para decirme que quiere sentirse libres del yugo de la significación?
¿Es acaso la belleza un ángel exterminador que combate la soberbia de la racionalidad humana? o ¿el índice de que lo racional no se agota en lo discusivo?

(Texto inspirado en la ilustración de evidenti)
En el sueño vuelvo a estar en el antártico. Tengo mi fabulosa máquina de escribir y cinco hojas en un blanco virgen. Me apetece escribir sobre algo, pero no sé qué. Oteo el horizonte y contemplo como una magnífica aurora boreal regala a mis ojos su maravillosa danza cromática.
Empiezo a escribir. Más bien a describir, “rectángulo imperfecto formado por una amalgama de rojos violáceos con esferas brillantes atravesados por uniformes líneas paralelas amarillas…”. Cuando llevo un rato, paro, lo leo y me desagrada profundamente. Es un mero intento de traducir a palabras la información de mi vista. Pero la belleza es algo más que un mera disposición de figuras y colores. Arranco la hoja y la tiro al agua. Lo bello aparece cuando una determinada disposición de un objeto suscita en mi ser una reacción.
Vuelvo a mirar la aurora y repico las teclas de la máquina con mis aletas: “El movimiento incesante de color ante mis ojos, me produce la certeza de la imposibilidad de retener este momento. Soy pequeño ante la majestuosidad de este fenómeno que existe indiferente a mi. Nuevos colores aparecen en el ondear del cielo, colores que nunca había visto antes y que nunca más probablemente, volveré a ver. Al sentimiento de pequeñez le acompaña un extraño sentimiento de dicha ante la idea de ser especial por poder apreciar la majestuosidad de este momento. Hay algo dentro de mi, que tienen su origen en el estómago y quiere expandirse, pero se encuentra con los limites de mi piel, una pequeña lágrima se escapa furtiva, mejilla abajo…”. Pura basura. Otra hoja al agua.
En esta descripción he dejado de lado a la aurora boreal para hablar de mi. La belleza es una comunión entre el espectador y la cosa que dice algo sobre el mundo. No un mero juego de masturbación visual.
Repito el proceso: contemplación del espectáculo natural i repique de teclas. “En las múltiples formas que este leviatán coloreado emprende puedo ver un gigante comiéndose peces, ahora como el gigante se transforma en un gran águila y un coche. Placer indiscutible en encontrar significaciones en el lento transformarse de las figuras. Como si de un astuto detective se tratase, encuentro los motivos ocultos, la esquiva necesidad de este deambular aparentemente –y sólo aparentemente- errático espectáculo”….¡Aaaaaaargh! ¡Al agua hoja! Estoy aprovechando los impulsos de la imaginación que la contemplación de la aurora me produce. Pero he caído en otro juego narcisista, dónde prescindo de hablar de lo irreductiblemente especial que es este fenómeno. Tampoco puedo hablar de este fenómeno sin ponerlo en relación con otras manifestaciones artísticas y contando que ofrece de nuevo éste…. A escribir: Como si el color de los cuadros de Rotko se fueran transformando en múltiples entes diferentes hasta convertirse en una amalgama de líneas y formas a estilo de Pollock. En esta transformación cinética se esconden potencialmente infinitas figuras mostrando aquel momento donde la impresión anhela expresivamente reconciliarse con su función figurativa….” ¡La madrequemeparió! Sigo sin entender lo que he escrito a pesar de haberla leído seis veces! En ningún momento he hablado del a fenómeno….es solo un ridículo ejercicio vanidoso de arrogancia cultural. Parezco un lamentable crítico intentado mostrar gratuitamente mis cotas de erudición.
Cuatro hojas flotan apaciblemente en el agua, sólo me queda una y ya no sé que decir. Tengo que ir con cuidado o….. De repente un gran brillo proveniente de mi espalda se apodera de todo mi alrededor. La luz de la aurora a aumentado. Hace calor y empieza a derretirse el hielo. Hace rato que este proceso había empezado, pero mis elucubraciones me convirtieron en ciego…… La máquina de escribir y la última hoja huyen con una placa de hielo flotante…. Nado rápidisimo. Tengo que escribir. Alcanzo la embarcación natural, preparo los dedos, miro por ultima vez la aurora boreal pero antes de poder escribir nada el hielo se funde por completo y yo y la máquina de escribir nos sumergimos. Intento agarrarla, para evitar que se pierda en la profundidad y lucho en vano para sujetarla. De repente me doy cuenta de lo inútil del esfuerzo: no puedo nadar, aguantarla y escribir al mismo tiempo. Además ya no hay nada sobre lo que escribir: sólo la oscuridad de un océano infinito. Una estratificación de transparencias percibida como una simple negrura.
Este sueño, como ya he dicho se repite a menudo. No consigo entenderlo. ¿Qué significa? ¿Es muestra de mi incapacidad para corresponder racionalmente a los hechos? o ¿una simple treta de la realidad para decirme que quiere sentirse libres del yugo de la significación?
¿Es acaso la belleza un ángel exterminador que combate la soberbia de la racionalidad humana? o ¿el índice de que lo racional no se agota en lo discusivo?

(Texto inspirado en la ilustración de evidenti)
lunes, 30 de junio de 2008
Ideas en miniatura....
“Justo dos segundos después de aprender a andar a dos patas, el hombre empezó a tropezar”.
“La luz nos ciega e impide apreciar la verdadera oscuridad del mundo”
“El cinismo es la moralidad de los desesperados”
“Las citas son frases huérfanas, que sueñan en mundos donde viven en el amparo del sentido reconfortante de un gran texto”.
...
“La luz nos ciega e impide apreciar la verdadera oscuridad del mundo”
“El cinismo es la moralidad de los desesperados”
“Las citas son frases huérfanas, que sueñan en mundos donde viven en el amparo del sentido reconfortante de un gran texto”.
...
miércoles, 25 de junio de 2008
Ancianus selachimorphus
Los miércoles voy al mercado. Es el día que tienen sardinas frescas. Me encantan pero conseguirlas se hace tedioso. En este sentido añoro el antártico. El único peligro con que se lidiaba al pescar eran focas y orcas. Estos son animales bastante previsibles y no tienen nada que ver con los grandes devoradores que merodean por el mercado: las ancianitas. Estos sanguinarios “selacimorfos” son los amos del lugar y se mueven con una impunidad y seguridad equivalente a la de los mafiosos en sus dominios.
Uno tiende a concebir a las ancianas como seres llenos de paciencia y benevolencia, pero si las observas en el mercado -su hábitat natural- lo que transpira es una ansiosa y ciega voluntad de maximización de beneficios. Yo mismo he sido víctima de crueles engaños y chantaje emocional.
Recuerdo una vez que, estando en la cola del supermercado, con mi carrito semi-lleno, el ruido de una garganta ejecutó el acto reflejo de girar mi cabeza. Allí estaba una ancianita sujetando un paquetito de arroz y aparentando mirar hacia otro lado. Al ver su pequeña compra, le dejé pasar. Ella asintió ávidamente antes de que hubiera yo terminado la frase de cortesía. Dicho sea de paso: significa que estaba ya esperando mi ofrecimiento.
Lo sorprendente fue cuando se movió y ,salido de la nada, o mejor dicho, justo detrás de su cuerpo -situado estratégicamente para ocultarlo de mi radio de visión- apareció una cesta llena de productos. La agarró y lo vació en la cinta de la caja registradora. Pocas veces mi rostro ha dibujado una expresión mayor de estupidez.
Otra anécdota me viene a la cabeza. Estaba yo en el metro sumergido en la lectura de “El mundo como voluntad y representación” cuando empecé a recibir unos constantes golpes de un pandero anónimo sobre mi libro. Alcé ligeramente la mirada y vi el cuerpo de una ancianita –más bien entrada en carnes-. Al percatarse de mi movimiento de cabeza, empezó a gemir y a quejarse de su dolor de rodilla. Mi vuelta a la lectura no sirvió para hacerme el sueco, pues al cabo de poco, numerosas voces estaban ya increpándome. Harto, me levanté y sucedió ante mi algo sorprendente. Otra ancianita, más vieja pero más delgada, aprovechó el momento en que mi cuerpo hacía de barrera, para anticiparse y apoderarse del asiento. No puedo recordar esta historia sin que me venga a la mente el día que vi morir a mi primo Pablo a manos de dos tiburones famélicos. Las ansias con que se disputaban la pieza revelaban una incomoda verdad: el egoísmo tiene un fundamento natural. Y a veces, parece aumentar con la edad.
Quisiera terminar esta reflexión con el relato de uno de estos momentos dónde el ingenio cae en saco roto.
Estaba yo en una verdulería comprando pistachos. No había nadie en la tienda, salvo una pareja de ancianos que tras de mi querían pagar su lechuga. De repente la cajera tuvo problemas con el código de mis pistachos y tuvo que pedir ayuda a una compañera. Los ancianos se ponían nerviosos por momento. A cada intento fallido respondían con un suspiro. No pasaron ni dos minutos que los ancianos iracundos dejaron la lechuga y salieron del establecimiento con desaire. Nos miramos con la cajera y me dijo con cierta ironía: “Parece ser que tienen prisa”. A lo que yo respondí sin pensarlo: “Cuando la guadaña de la muerte se acerca, cada segundo es precioso”. La verdulera me miró con horror y me cobró mis frutos secos en silencio.
Magna injusticia dónde un comentario ácido es menos tolerado que un acto gratuito de desprecio a un trabajador. Preciso es recordar que la tercera edad y los niños son un estado de excepción donde se exime a sus representantes de la responsabilidad moral , a la vez que se exige a los foráneos una hipersensibilidad fetichizada y totémica.
Uno tiende a concebir a las ancianas como seres llenos de paciencia y benevolencia, pero si las observas en el mercado -su hábitat natural- lo que transpira es una ansiosa y ciega voluntad de maximización de beneficios. Yo mismo he sido víctima de crueles engaños y chantaje emocional.
Recuerdo una vez que, estando en la cola del supermercado, con mi carrito semi-lleno, el ruido de una garganta ejecutó el acto reflejo de girar mi cabeza. Allí estaba una ancianita sujetando un paquetito de arroz y aparentando mirar hacia otro lado. Al ver su pequeña compra, le dejé pasar. Ella asintió ávidamente antes de que hubiera yo terminado la frase de cortesía. Dicho sea de paso: significa que estaba ya esperando mi ofrecimiento.
Lo sorprendente fue cuando se movió y ,salido de la nada, o mejor dicho, justo detrás de su cuerpo -situado estratégicamente para ocultarlo de mi radio de visión- apareció una cesta llena de productos. La agarró y lo vació en la cinta de la caja registradora. Pocas veces mi rostro ha dibujado una expresión mayor de estupidez.
Otra anécdota me viene a la cabeza. Estaba yo en el metro sumergido en la lectura de “El mundo como voluntad y representación” cuando empecé a recibir unos constantes golpes de un pandero anónimo sobre mi libro. Alcé ligeramente la mirada y vi el cuerpo de una ancianita –más bien entrada en carnes-. Al percatarse de mi movimiento de cabeza, empezó a gemir y a quejarse de su dolor de rodilla. Mi vuelta a la lectura no sirvió para hacerme el sueco, pues al cabo de poco, numerosas voces estaban ya increpándome. Harto, me levanté y sucedió ante mi algo sorprendente. Otra ancianita, más vieja pero más delgada, aprovechó el momento en que mi cuerpo hacía de barrera, para anticiparse y apoderarse del asiento. No puedo recordar esta historia sin que me venga a la mente el día que vi morir a mi primo Pablo a manos de dos tiburones famélicos. Las ansias con que se disputaban la pieza revelaban una incomoda verdad: el egoísmo tiene un fundamento natural. Y a veces, parece aumentar con la edad.
Quisiera terminar esta reflexión con el relato de uno de estos momentos dónde el ingenio cae en saco roto.
Estaba yo en una verdulería comprando pistachos. No había nadie en la tienda, salvo una pareja de ancianos que tras de mi querían pagar su lechuga. De repente la cajera tuvo problemas con el código de mis pistachos y tuvo que pedir ayuda a una compañera. Los ancianos se ponían nerviosos por momento. A cada intento fallido respondían con un suspiro. No pasaron ni dos minutos que los ancianos iracundos dejaron la lechuga y salieron del establecimiento con desaire. Nos miramos con la cajera y me dijo con cierta ironía: “Parece ser que tienen prisa”. A lo que yo respondí sin pensarlo: “Cuando la guadaña de la muerte se acerca, cada segundo es precioso”. La verdulera me miró con horror y me cobró mis frutos secos en silencio.
Magna injusticia dónde un comentario ácido es menos tolerado que un acto gratuito de desprecio a un trabajador. Preciso es recordar que la tercera edad y los niños son un estado de excepción donde se exime a sus representantes de la responsabilidad moral , a la vez que se exige a los foráneos una hipersensibilidad fetichizada y totémica.
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