martes, 4 de mayo de 2010

Sobre el compromiso

Con la reciente llegada de la primavera he reanudado una de mis más apreciadas prácticas: recorrer las ciudades en busca de un drama humano que incite mi reflexión. Esta práctica podría parecer reprochable a un observador irreflexivo, pero en mi defensa diré que está apoyada por la más elevada instancia moral. No estaría de más recordar que con Dios, el que todo lo ve, empezó el voyeurismo.

Como he mencionado en otro lugar, las terrazas son un buen sitio para encontrar este material, pero en caso de fallar uno siempre puede recurrir a los parques: sitios dónde lo trascendente se mezcla apaciblemente con lo banal. En un escenario de este tipo pude, hace apenas tres días, presenciar una majestuosa muestra de inteligencia táctica. Sentada en un banco una pareja de jóvenes mantenían un diálogo, cuyas oraciones eran tan meticulosamente medidas que parecían estar ensalivadas con nitroglicerina.

Al parecer, la chica había planteado a su novio ir a vivir juntos. Éste, ligeramente consternado pues sabía que era un tema minado, intentaba negarse. “Pero si nos vemos a todas horas”, “es bueno que tengamos independencia”, “para qué cambiar, si estamos bien”, “soy muy maniático y no querría que nos peleemos”. La chica contraargumentaba impecablemente a cada objeción: “Nos veremos igual pero en lugar de quedar conmigo, quedarás con tus amigos”, “Vivir juntos no significa ser dependientes sino compartir”, “Puesto que nos queremos, si vivimos juntos, estaremos mejor”, “Si somos incompatibles lo descubriremos en la convivencia. Ya va siendo hora de que nos conozcamos más a fondo”.

El rostro del chico empalidecía cada vez más, su voz se entrecortaba y su mirada se perdía en miles de direcciones buscando una salida que nunca aparecía. Por otro lado, la chica se mostraba impasible pues tenía cada paso meditado y el total control de la situación. Me recordó -ruego perdóneseme el símil- al modo como los gatos juegan con las cucarachas antes de darles muerte. Y este momento no tardó en venir, pues ante la titubeante negativa que a pesar de la contraargumentación de ella el chico intentó proferir, la moza soltó un cortante “a ti lo que te pasa es que tienes miedo al compromiso”. Esto hizo callar al chico pero estimuló mi pensamiento.

Me vino a la cabeza la teoría de los marcos semánticos de Lakoff. Según éste el lenguaje no sólo es el modo en que representamos el mundo, sino que también dictamina como valorarlo. Hay en las expresiones, o en las ideas, una condensación semántica implícita que remite a un marco semántico en el que significaciones, recuerdos y emociones están imbricadas.

La tesis es fuerte pues nos está diciendo que las palabras no solo remiten a cosas sino que nos ordenan cómo tenemos que relacionarnos con la realidad. Lakoff aplica esta teoría en el ámbito de la comunicación política aunque es igualmente válida para el mundo de la publicidad o del arte. El modelo de Lakoff permite ver como las facciones (políticas, en su caso) luchan para imponer un marco semántico (una perspectiva mundana, un modo de entender la vida, un escenario, etc.) que sea favorable a sus intereses o ideología. Así, argumenta Lakoff, la lucha ideológica se encuentra en el lenguaje. El típico ejemplo. Según el partido Republicano los impuestos son un robo estatalmente organizado, en cambio para los demócratas, es un acto solidario de inversión en uno mismo. Que describamos los impuestos como un robo o una auto-inversión define imágenes del mundo y presupuestos radicalmente opuestos de los que nacen diferentes políticas concretas. Si los impuestos son definidos como limosnas para los vagos o si son un modo de cooperación egoísta tenemos una justificación de un modelo u otro de democracia liberal que se nutre de unos componentes emotivos o valorativos sedimentados en el lenguaje.

Por eso la elección de las palabras no es cuestión baladí, sino que determina el modo en que se librará la batalla. De éste modo, el principal objetivo de cada facción política será conseguir que los rivales utilicen el juego de lenguaje que les beneficia. Después la lógica inmanente de la metáfora se encargará de convencer.

Pues bien, eso acababa de pasar delante de mis ojos en la discusión de los enamorados. En aquél caso, la expresión “miedo al compromiso” estaba ideológicamente cargada. Fue el modo en que la hembra situó la discusión en su terreno, gracias a una hábil gestión del marco semántico masculino. En el fondo, con este movimiento le está llamando cobarde; está convirtiendo la cuestión de vivir en pareja en un acto de valentía y, todos sabemos, que ésta es uno de los valores a los que tradicionalmente se ha asociado la virilidad. Tenemos aquí la fantástica pirueta según la cual hacer lo que la mujer quiere es de machotes. Esta argumentación bien merece un aplauso por su perfección.

Reconozco que lo que hagan los hombres o lo que dejen de hacer me tiene sin cuidado. Pero su inferioridad intelectual, biológica y socialmente determinada, despierta en mi un sentimiento de compasión. Así que expondré una estrategia discursiva para salir del argumento fatal.

El chico tendría que argumentar que no son motivos morales los que empujan a rehusar el compromiso sino de orden estético y ¡quién sabe sino epistemológicos! En efecto, no es que el compromiso sea difícil o arduo sino que es, simple y llanamente, feo. Así es, comprometerse implica la aceptación en los tiempos futuros de un modo de vida monogámico. Y esto conlleva –todo el mundo lo sabe pero todo el mundo lo calla- que cada individuo de la pareja tendrá que reprimirse los instintos y los deseos cada vez que su espíritu se vea turbado por la aparición de otro ser bello. Podría decirse que “por haber encontrado el amor de su vida, el individuo renuncia de una vez por todas a volver a enamorarse”. Vivir en pareja consiste no sólo en vivir en represión sino vivir en la mentira: pues se niega la existencia de estas pulsiones suscitadas por cuerpos ajenos y se escenifica un mundo dónde el apetito sexual se dirige únicamente al cuerpo del amado. Visto así, defender el compromiso consiste en embellecer una mentira.

Uno podría contraargumentar matizando que “el amor es eterno mientras dura” y argüir que no hay una situación tan terminal de represión puesto que uno puede decidir cambiar de pareja. Pero si aceptamos que un nuevo amor es un motivo válido para abandonar la pareja, entonces ¿qué sentido tiene el compromiso?

Ciertamente el compromiso –sea cuál sea su campo de aplicación- tiene una doble cara. Requiere de los individuos un valiente acto de decisión mediante el cual uno entrega todo su ser a la devota observancia de unos principios. Quién hace eso da muestra de un gran ejercicio de autocontrol y de valentía, pero el precio de este acto heroico tiene algo de trágico pues, a la vez, uno hipoteca sus acciones futuras a una decisión pasada.

Actuar por principios puede parecer bravo y noble pero es a la vez un acto de renuncia de libertad y de negación de los diferentes impulsos que configuran todo ser emotivo y racional. En resumen, el compromiso no es más que un modo embellecido de ser esclavo de una mentira. Quien tenga este enunciado por cierto hallará en la ironía un mecanismo terriblemente liberador que le condenará al desgarro del cinismo. Esto puede parecer poco, pero no debe confundirse con nada. Pues en un mundo encarrilado en el “todo-vale” postmoderno, el cinismo no es una entrega a esta lógica deshumanizadora, sino el llanto del desesperado. Un llanto que es a la vez expresión de la conciencia de una impotencia e indicador de una injusticia.


lunes, 22 de marzo de 2010

Elogio de la demora

La semana pasada, Helios sacó su carro volador y obsequió a los mortales con un día impresionista en los que la luz se apodera del espacio y empuja los colores a rebasar el yugo fronterizo que la forma de los objetos les impone. Extasiado y harto de la hibernación me puse el traje de flaner (pajarita, gafas redondas y mis nuevos mocasines) y salí, como la inmensa mayoría de habitantes de la cuidad, a atorrar por las calles.

Tras largo rato de paseo decidí sentarme en la terraza de una conocida cafetería dónde me arrojé a contemplar el escenario humano que se mostraba ante mis ojos. Mi mesa estaba elegida a conciencia pues se encontraba situada frente a una popular parada de metro utilizada tradicionalmente como punto de encuentro.

De entre todo el animalario circulante una fémina atrajo mi atención. Llevaba largos minutos esperando y su cara iba mostrando progresivamente un claro descontento. Miraba hacia un lado, después hacia el otro, miraba el reloj, miraba el móvil, y empezaba el ciclo mirando hacia un lado. Así repetidamente durante unos 20 minutos. Después decidió echar mano del teléfono y empezó una serie generosa de llamadas, en las que contaba a todos los interlocutores su última pelea con una compañera de trabajo con motivo de una polémica colocación de un ficus y el temor ante su futura cita con la peluquera. La chica repitió el diálogo tres veces con diferentes personas a las que apenas dejó hablar.

Cuando estaba a punto de empezar la cuarta ronda apareció el motivo de la espera: un chico delgaducho, con peinado hortera con pretensiones de modernez y cara de panoli acentuada por unos ojos enrojecidos y cerrados. El rostro ni se inmutó ante la cólera bíblica de su aparentemente novia, quien ante la incapacidad de éste para ofrecer una excusa plausible que justificara el tiempo de espera violentó más su retahíla de reproches. Les prometo que sentí como el cielo se oscureció y vi una bandada de aves abandonar la ciudad. Por suerte, los dos marcharon andando, el chico impasible y ella desarrollando un monólogo espectacular que pude seguir mientras iban avenida abajo gracias al colosal volumen de su voz.

La reprimenda se basaba en los siguientes términos. Su impuntualidad era una falta de respeto hacia su persona. Siempre llegaba tarde y le hacía perder el tiempo, pues ella tenía muchas cosas que hacer.

Encontré altamente dudoso que fuera el chico el agente de la falta de respeto pues éste, no sólo no había abierto la boca, sino que paradójicamente había sido objeto de una generosa batería de insultos. Por otro lado, pensé que si el chico siempre llegaba tarde, probablemente, podría argumentarse que la falta de respeto hacia el otro se podría atribuir también a la moza, que era radicalmente intransigente con la sistemática impuntualidad del mozalbete.

Al escuchar cómo le reprochaba el hacerle perder el tiempo, me asaltó el recuerdo de un libro de infancia: Momo de Michael Ende. En éste se relata la catastrófica irrupción de los hombres grises en una apacible ciudad. Estos hombres de traje y fumadores constantes de puros convencen a toda la población de la necesidad de optimizar el tiempo, de no malgastarlos en nimiedades y guardarlo para cosas importantes. Cuando la población se doblega a este principio ético que tiene el provecho como fin absoluto, el gris de la tristeza se apodera de la ciudad.


La crítica a la excesiva racionalización de la vida moderna que subyace en este libro es fácil de comprender. Podemos inferir entonces que “perder el tiempo” se convierte en un punto de fuga de una vida instrumentalizada. Poca gente discutirá lo sano de este consejo pero probablemente menos gente aún intentará seguirlo.

La experiencia de nuestra cotidianeidad hace aparecer la pérdida de tiempo como una reaccionaria quimera. Bien podría ser. Cualquier individuo que viva sumergido en la multitud de compromisos de la sociedad moderna sabe lo difícil que resulta tal resistencia. Quizás sería aconsejable tomarnos los momentos de espera como estos momentos de descanso en los que podemos abandonarnos a la nulidad utilitaria de la vivencia. Visto así, el tiempo de espera no es tiempo que se nos arrebata sino que se nos regala.

Si la moza hubiese seguido este consejo, se hubiese ahorrado el enfado y la riña con el novio. Aunque también podemos sospechar que no fue la espera lo que realmente le molestó, sino el terror a quedarse sola consigo misma.

sábado, 13 de febrero de 2010

Eros e Hibernación

Por una desconocida ley de la termodinámica, en invierno la oscuridad y el frío empujan los cuerpos al calor de los hogares. Al mismo tiempo, por el mismo principio, el espíritu se bate en retirada y abandona la tierra de nadie que colinda con la piel. A este movimiento introspectivo es lo que llamo hibernación y, contrariamente a lo que se suele pensar, es algo que afecta al alma.

En esta reclusión espiritual el individuo -en este caso yo- al desprenderse del entorno se queda solo consigo mismo: sus recuerdos, anhelos, situaciones posibles, dudas y miedos. Cuando uno no puede generar nuevas vivencias, hace un repaso y revive las antiguas, que, al aparecer como eco de lo pasado y perdido, siempre tienen algo de cortante y desgarrador.

Como cada invierno sufro el mismo “vía crucis” he acabado por construir un ritual personal. En el momento en que el gris se apodera del cielo, lleno la despensa de un ingente número de mandarinas, desempolvo de mi discografía todos aquellos temas cuya escucha despierta en mi interior un impulso melancólico, y mantengo a mi lado una abastecimiento generoso de lecturas. Así me paso los días: comiendo mandarinas y leyendo al ritmo de apenadas melodías, dejando que mi mente transite errática en los callejones de la memoria.

Hay un recuerdo recurrente al que concedo especial importancia. Cuando vivía en la Antártida, siendo yo un pingüino adolescente, mi madre me llevaba a ver cada noche invernal la aurora polar. Para ello llenaba su mochila de mandarinas y me conducía a lo que llamaba “su lugar secreto”, una especie de colina lejos del barrunteo banal de los demás pingüinos. Así nos pasábamos las noches, comíamos mandarinas y éramos arrebatados por el movimiento calidoscópico de la aurora austral.



A menudo, en el camino de vuelta, manteníamos la misma discusión a propósito de la belleza y del arte. Mi madre, pingüina sensible y pragmática, defendía que el arte era el modo que tenía el hombre para imitar la capacidad de la naturaleza de crear belleza. Yo en cambio, totalmente influenciado por mis torpes lecturas de teóricos formalistas, defendía que la belleza poco tiene que ver con el arte. Pues pensaba que éste consistía en liberar el potencial de transformación semántica mediante la interacción vivencial con artefactos.

Dicho de un modo más llano ¿la finalidad del arte es la belleza o el sentido? Esta disyuntiva puede parecer hoy como superflua y estoy seguro que la mayoría de los lectores no tardaran en defender que las dos posiciones guardan su momento de verdad. Realmente no es difícil estar de acuerdo con tal propuesta, lo difícil es saber cómo pensarla.

Ahora, pasados ya unos años, sospecho que a mi madre no le faltaba razón, aunque sigo sin tener claro qué es la belleza. Uno puede definirla como aquello que agrada a nuestra sensibilidad, pero no respondería al hecho que, a veces, la belleza es un estímulo intelectual y podría también confundir un objeto bello con la belleza. Conviene recordar que el arte a menudo representa bellamente fenómenos atroces. Este problema es lo que en la tradición filosófica se enmarca en la cuestión sobre lo sublime.

Sea lo que sea la belleza pienso que tiene que ver con una vivencia en la que se expresa una normatividad. La experiencia de lo bello tiene forma de un arrebato en el cual el objeto parece exigir que toda la realidad debiera parecerse a él. Mediante la belleza la realidad nos exige una forma. Nos hace claudicar a la voz de ¡Esto debe ser así!

Asumiendo como verdadera esta noción mínima de belleza, puedo ahora entender que clase de acción es mi proceso de hibernación. En este la belleza se transforma en un ritual, con el objetivo de modificar (semántica y emotivamente) el desgarro producido por la nostalgia en un sedante estado de melancolía.

Así, el pasado deja de ser un paraíso perdido y se torna un pequeño oasis encontrado, con el que recuperamos fuerzas para continuar la travesía.

lunes, 23 de noviembre de 2009

La importancia de ser Quijote.

Es por todos conocida la escena en que Alonso Quijano, auto-proclamado Don Quijote de la Mancha, ataca infructuosamente unos molinos. Dicha escena es considerada como un excelente y cómico ejemplo del tamaño de la locura de Don Quijote. Pues como el narrador nos advirtió el ingenioso hidalgo confundió los molinos con unos gigantes. Esta confusión, afirma la vox populi, ejemplifica la pérdida de sentido de la realidad de que es victima Alonso Quijano. El culpable de éste desvario es por todos conocidos: la excesiva ingesta de novelas de caballerías. O en términos más específicos: el arte le condujo a la sinrazón.

Podría ser bueno aquí poner en duda la veracidad del narrador, pues pudiera ser que la simplicidad de miras nos velase de una verdad más profunda. ¿Fue realmente Don Quijote tan ingénuo? ¿No podría ser que allí dónde el narrador ve locura hubiera un conciente uso de la metáfora?

Todos sabemos que la metafóra és un recurso metonímico mediante el cual el artista intenta hacer visibles aspectos ocultos de las cosas mediante la puesta en relación con otro objeto con el que guarda cierta analogía. Sobran ejemplos. Pensemos en el clásico “las perlas de tu boca” para referirse a unos dientes bellísimos. Otro ejemplo, más sistemático, consiste en utilizar la figura del rinoceronte para referirse a los autos y mostrar que más allá del erotismo de su diseño hay una bestia gris de una potencia descontrolada indifernte a la debilidad estructural del cuerpo humano y a la fragilidad del medioambiente. Quién a podido presenciar un atropello en vivo, pocas dudas le caben, de que ésta metáfora, lejos de un distanciamento de la realidad, implica un aumento de percepción, un abastar más capas de ésta.

Aquí tocamos un hueso duro del asunto sobre el arte y poesía. Estos no son mecanismos de alejamiento de la realidad, más al contrario, son el modo en que ésta puede hacerse más compleja. El arte da cuenta de un fenómeno que a menudo pasa inadvertido: las palabras y las ideas no tienen un único referente. Una palabra recoge su significado de cicunstancias tales como la voluntad del emisor, el horizonte comprensivo del receptor y el material signficante que históricamente se ha podido sedimentar en ella. Para decirlo sencillamente, las complejidad de significados que una palabra esconde es tan basta, que no hay imagen capaz de retenerla.

Quizás por pereza, quizás por la dureza del día a día, nos vemos empujados a actuar como si el significado de las palabras fuera unívoco. Eso es lo que se llama el “sentido común” y éste es aquél punto que comparten el positvismo, el empirismo ingenuo y la metafísica. Para todos sólo existe una realidad y es aquella contenida en la simplicidad de las palabras.

Retornemos ahora a la escena dónde Don Quijote se estampa contra los molinos. ¿No podría ser que al referirse a ellos como gigantes quisiése éste evocar al poder sobrehumano de la tecnología y su ataque fuése un acto impulsado por cierto espíritu conservador o acaso reaccionario? ¿No podría ser que vivir la vida cómo si fuera una novela de aventuras de caballerías fuese una decisión consciente de Alonso Quijano? ¿No tendríamos en éste caso un inento de combatir el monolítco color de las sociedades pre-modernas mediante el vano intento de “artistizar la vida”? Si consideramos al señor Quijano cómo un precursor precoz de movimientos situacionistas, la estulticia se trasladaría en el polo del narrador, el cual atrapado en un juego de lenguaje positivista y reduccionista no entendería el acto revolucionario de Don Quijote de la Mancha.

El arte, al navegar en el basto oceáno semántico de las palabras, provoca fisuras estéticas que ayudan a quebrantar la rigidez de lo real: el enquistamiento propio de un mundo construido a partir de la repetición y la previsibilidad. Que nadie se lleve a engaño, defender la capacidad del arte para subvertir el encallecimiento metafísico de nuestras visión del mundo es una tarea de fuerte dimensión política, pues sitúa en primera línea de visión el conjunto de acepciones y valores con el que nos relacionamos o construimos la realidad.

Hay sin embrago algo de trágico en esto. Como bien sabe el señor Alonso Quijano, atreverse a redefinir el mundo puede conducir a ser el hazmereír de los demás. Sobretodo cuando la de los otros será la única interpretación que se oirá. Lo peor que le pasó a don Quijote fue que sus hazañas estan filtradas por la mirada pobre y olvidadizas de un narrador que no le comprendió. Aquí tenemos el gran problema del artista: la poetización del lenguje es, a ojos de la estulticia, la voz del loco.

lunes, 14 de septiembre de 2009

La muerte y 'Los muertos'

“En los entierros, la gente no lleva gafas de sol para esconder su dolor sinó la ausencia de éste”. Tal pensamiento se cruzó en mi mente hace unas pocas semanas atrás, estando yo en medio de un funeral. Rodeado de desconocidos vestidos en negro, enmascarados en un semblante solemne que ocultaba el profundo hastío que causaba el calor veraniego. Había algo de esnob en la situación, algo de ritual ciego. Parecía un baile de marionetas, ante el vacío que genera la muerte el hombre se aferra a la sistematicidad del protocolo. Viéndonos allí parados, se hacía evidente que realmente no sabemos cómo actuar ante la muerte. “Supongo que tampoco es para menos” pensé, hasta que un comentario de un asistente me indujo a reflexionar.

Dicho asistente, persona evidentemente creyente, aspetó con aire afectado “no nos lamentemos…. Ahora está en un lugar mejor”. Uno no puede escuchar esta frase sin pensar en la crítica nietzscheana al cristianismo. Según aquél, el cristianismo es un culto a la muerte, pues ésta es el tránsito hacia lo celestial, lugar donde reina dios y la verdad. De este modo la vida pasa a ser ilusión, algo pasajero y de valor relativo. Visto bien, para el cristianismo la verdadera vida empieza con la muerte.

A eso se le puede unir la crítica marxista a esta idea. Según el marxismo, esta descripción de la realidad esconde un uso ideológico, pues está destinada a perpetuar la situación miserable de los desfavorecidos y a mantener los privilegios de los dominadores.

En ambos casos (marxismo y Nietzsche) se critica la subordinación ontológica de la vida a un relato. Hay una extraña pirueta según la cual el espacio de nuestras vivencias pasa a ser falso y la verdad no es más que un relato, esto es la religión. Hay entonces una negación de la vida. Nietzsche llama a esta negación “nihilismo”.

Resultaría interesante ver que el nihilismo no es algo exclusivo del cristianismo sino propio de toda religión (o discurso sobre la estructura íntima de la realidad) que considere la vida como un mero tránsito hacia un estado superior que se encuentra más allá de la muerte. En nuestras actuales ciudades occidentalizadas y pretendidamente hiper-racionalizadas prolifera cancerísticamente algo que llamo “sabiduría new-age” que tiene como característica principal la mescolanza acrítica de motivos orientales con pseudo-científicos.

Según este discurso no tenemos que temer a la muerte, pues en esta no desaparece nada. Cuando alguien muere, lo único que acontece es una redistribución de átomos. El individuo se desintegra pero los átomos continúan formando parte del ser único (o dios). Digamos que con la muerte sólo se cambian los muebles de la habitación.

A estos conceptos de muerte entendidas como transición y reunificación atómica podríamos añadir un tercero que nace con postulada voluntad anti-metafísica. Éste es el existencialista que entiende la muerte como nada radical. Según éste la muerte és la desaparición total del individuo, situándose en contra de las más arriba mencionadas posiciones. De este hecho existencial primario nace según el existencialismo un imperativo moral fundamental: la exigencia de una vida auténtica. Delante de la nada de la muerte, el individuo asume la contingencia y nulidad de su existencia y decide dotar a la vida de un sentido mediante la heroica prosecución de un proyecto. Una vida auténtica es aquella que consigue hacer algo con sentido de tal modo que sea recordada una vez muerto el individuo.

Sin muchas dificultades puede observarse que en esta posición se introduce subrepticiamente la exigencia de utilidad de la vida. De nuevo la rémora de la productividad constriñe la noción de vida.

Quisieramos hacer notar ahora, que estos tres conceptos de muerte (como transición, dispersión atómica y nada radical) tienen una cosa en común: condenan al muerto al olvido.

En efecto, cuándo nos consolamos ante la pérdida de un ser querido argumentando que lo encontraremos en la otra vida lo que estamos haciendo es aliviándonos, negando el carácter de desaparición total que tiene la muerte. Algo similar sucede con la reunificación atómica, el individuo en tanto que materia del ser supremo no ha desaparecido, simplemente ha mutado la configuración. En ambos se sustrae a la muerte de su carácter trágico. El existencialismo mantiene este desgarramiento, pero también desprecia a los individuos que sucumben al final de la vida sin realizar un proyecto. En otras palabras, ¿cuántos héroes existencialistas conocemos que no hayan ganado un nobel o que no sean figuras literarias?

En los tres conceptos de muerte se introduce un olvido sistemático del individuo. Toda metafísica realiza un sacrificio de lo efímero en favor de lo eterno. Para ella, las personas son pequeños azares contingentes y la muerte, lo único invariable y permanente. Aquí se articula un discurso que asume la mirada divina despreciando todo lo débil y humano. En el nihilismo, las auténticas víctimas son los muertos. Pues pensar la muerte como espacio de tránsito impide el dolor de su pérdida y alenta a su olvido.

Quizás, si no queremos ser complices del olvido a los muertos, tendríamos que evitar pensarlos según un concepto de muerte y proceder a la inversa; esto es, pensar la muerte a partir de los muertos. Así puede surgir una noción de muerte más afin a nuestra experiencia cotidiana: la muerte es el dolor ante una ausencia irreversible.

Nos gustaría aquí pensar que si se quiere ser fiel a este dolor, el mejor modo de tratar a los muertos no es olvidándolos, sinó haciéndolos presente: dialogando con ellos, reconstruyendo sus elementos idiosincrásicos o recordando las vivencias compartidas. En el fondo, se trata de convertirlos en fantsamas.

Los fantasmas, en este sentido, habitan y actúan constantemente en nuestra vida. Un recuerdo, en un determinado momento, puede ser mucho más que una mera imagen mental, puede convertirse en una intervención activa del pasado en el presente. Una buena expresión plástica de ello la podríamos encontrar en el relato Los muertos de Joyce. En éste, el protagonista se siente menos que una máquina al confundir amor con lujuria y embriaguez. Esta sensación de nulidad se ve acrecentada al descubrir que el fuerte estado de melancolía de su mujer es causado por el inesperado recuerdo de su gran amor de juventud. Un chico que en un arrebato pasional perdió la vida. El protagonista, Gabriel, se torna conciente de que él jamás podrá causar este efecto en su esposa y, seguramente, nunca podrá amarla como lo hizo aquél joven miserable. En la revelación final del relato, hay una inversión radical, un cambio de estado entre vivos y muertos.

Si no queremos que la vida sea un mero desierto de presente transitorio, si queremos hacer justicia a la emoción de amor que coagula en dolor ante la muerte, convertir a los desaparecidos en fantasmas puede ser la mejor solución para evitar matar a los muertos y no condenarlos a la eterna existencia en la isla del olvido.


jueves, 20 de agosto de 2009

Sobre el ignorar...

“Huye del que tiene respuestas y desconfía del que hace preguntas”

“Contrariamente de lo que se piensa, las preguntas sólo aparecen una vez halladas las respuestas”

“La estulticia consiste en la incapacidad para calibrar la propia ignorancia”

“La ignorancia es felicidad y el saber, perfección. Con las ciencias de la felicidad sólo se consiguen mejorar nuestra necedad”.

sábado, 27 de junio de 2009

Pequeña apología de Lucifer

Que Lucifer es malo nadie lo pone en duda, aunque sobre las causas y efectos de esta maldad reina un completo silencio. Qué hace Lucifer para ser malo es una respuesta que se realiza en un sentido negativo. Nos incita a pecar condenandonos así al destierro eterno de los brazos de Dios. La maquinaria propagandística del ser supremo lleva siglos desacreditando al ángel caído y sospechamos que esta condena nunca fue ejecutada según el derecho a un juicio justo. Querríamos explotar los puntos enigmáticos de este mito con el fín de esclarecer un modelo ético.

Preciso sería recordar que Lucifer era un arcángel, más concretamente el de la belleza y que ésta ha sido durante largo tiempo unida con la verdad y el bien. Agreguemos ahora que “lucifer” significa en latín “el que trae la luz” y que en ciertos pasajes de la Biblia es una descripción usada para referirse a Jesús. No costará mucho ver que la luz suele ser una metáfora de la verdad. Tenemos ahora unos materiales suficientes para pensar que fuera cual fuese el motivo que llevó a Lucifer a llevar la contraria a Dios, quizá tenía un mejor fundamento que la soberbia como usualmente se achaca. Quizás Lucifer no quería suplantar a Dios, quizás sólo le llevó la contraria o le hizo notar que se equivocó.

Recapitulemos ahora y pensemos en el concepto de Dios. ¿Qué es Dios? Dios es el verbo, la palabra que crea la realidad y prescribe el orden. Entonces quizás el pecado de Lucifer no fue la desobediencia sino llevar la contraria, quizás lo que hizo Lucifer fue preguntar el porqué, poner en duda la validez absoluta del mandato divino, sugerir que otro orden es posible. Este fue su pecado que lo destinó a un exilio en el infierno. Allí; sólo, indefenso e impotente no pudo defenderse de la incesante propaganda divina que le acusaba de acostarse con niños y mujeres ajenas, robar y asesinar (no necessariamente en este orden) y multitud de actos enfermizos nacidos de la psique reprimida de los acólitos de Dios.

Segun lo dicho, lo luciferino no estribaría en actos aberrantes sino en el incómodo hábito de la crítica: buscar los supuestos que yacen bajo las ideas y mostrar a qué fuerzas obedecen. En este sentido podemos pensar lo luciferino como un proceder genuinamente filosófico consistente en buscar el saber de lo profundo.

Ya sea en la lucha platónica contra la “doxa”, esto es la “opinión” propia de un saber fundamentado en la sensibilidad que es ciego a lo esencial, ya sea en el espacio trascendental kantiano que navega en las condiciones de posibilidad de los actos cognoscitivos o en las genealogias del poder de los nietzscheanos, hay un hábito especificamente filosófico consistente en analizar ahundar y negar lo que es común y dogmáticamente aceptado.

Podemos ahora observar que la tan trillada expresión “tomarse las cosas con fiosofía” de obedecerse, llevaría a un mundo de sombras y rivalidades, puesto que estaríamos constantemente criticando a los otros y viviríamos sumidos en la sistemática incomprensión.

Cabría señalar que para decir que ante un problema irresoluble lo mejor es asumir una actitud de resignación heroica, no sería pertinente decir “tomárselo con filosofía” sino “con estoicismo” esto es, una escuela filosófica que defiende que “la libertad radica en la aceptación del destino”.

Sería bueno acostumbrarse a decir “con estoicismo” cuando apelamos a la calma, puesto que el filosofar consiste en dar voz con el pensamiento a todo aquello que la verdad silencia cuando se impone. Y este es un camino que conduce, como bien sabe Lucifer, a la soledad glacial de los infiernos.